Platero y yo no ha sido de las obras más ilustradas, en comparación con su importancia. Pero sí hubo un pintor, que por su amistad y compatibilidad con Juan Ramón, le regaló unas ilustraciones: Benjamín Palencia. Si las quieren visionar, están recogidas en el blog:
http://cerajoletes.blogspot.com/2008_05_01_archive.html
Este año pasado, 2008, los dibujantes Idígoras y Pachi, han hecho lo propio, y se pueden ver algunas en:
http://www.elmundo.es/albumes/2008/11/14/platero_idigoras_pachi/index.html
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Un poco de Historia del Libro Ilustrado, ¿les parece?:
El hombre primitivo dibujaba en las paredes de las cuevas sus historietas. La comunicación verbal no estaba bien desarrollada y así dejaban constancia a los siguientes nómadas de sus aventuras por esas tierras.
Ilustrar libros ha sido otra cosa, primero había que haber escrito un texto, y eso no pasó hasta muuucho tiempo después.
Toooodas las civilizaciones del mundo han considerado que una imagen vale más que mil palabras, y ésto ha dado que hablar, ya ven.... Nos saltaremos las civilizaciones más interesantes: Acadios, Babilonios, Egipcios, Aztecas, Incas, Chinos y ese interesante extremos oriente dónde se inventó el papel, para hablar de lo más cercano, lo que más nos suena.
Tras la caída del Imperio Romano y su división en Oriente y Occidente, la población sufrió pobreza, invasiones bárbaras (Godos y Visigodos) y se vivió una etapa de gran alfabetismo, por lo que la imagen conformaba gran parte de la comunicación a las masas. La figura de más interés de la España visigoda fue Isidoro de Sevilla (570-636). Su obra, Etimologías, es una enciclopedia en la que intentó recoger todos los conocimientos y explicarlos a través de sus nombres. Durante muchos siglos se consideró fuente primordial del saber. Pero todo quedó relegado a las clases nobles.
En el 711 (S.VIII), España es ocupada por los musulmanes. La cultura perdura en mano de los mozárabes, cristianos que viven bajo el nuevo dominio y que serán los encargados de transmitirla a los pequeños reinos incultos del norte.
La situación que vive España, poco tiene que ver con el resto de Europa en esos primeros siglos de la Edad Media: Los libros quedan relegados a los monjes copistas de los monasterios centroeuropeos, quienes se dividen el trabajo en una perfecta cadena manual: uno escribe el texto, otro hace la inicial y otro ilustra el manuscrito. Solían ser encargos de nobles y reyes para regalárselos entre ellos. La temática era religiosa, por supuesto, y las encuadernaciones incluían piedras preciosas, oro, plata...
El Norte de España, en el Reino Asturiano reducto cristiano de la invasión árabe, guarda muy buenos y lujosos ejemplos de Biblias y hagiografías. Delimitadas las fronteras con los musulmanes, comienzan las peregrinaciones a Santiago y en el Camino, Las iglesias, se convirtieron en auténticos libros de piedra: paredes, techos, columnas y capiteles, cualquier espacio era bueno para ser tallado o dibujado (la mayoría de las iglesias estaban pintadas por dentro, con vivos colores) para aleccionar en las Sagradas Escrituras.
En el XII empieza a evolucionar la ilustración en el libro con el uso de oro en láminas, y ya no limitándose a dibujos simbólicos sino relacionados con el texto.
En el XIII Europa empieza a florecer. Ayudan las buenas cosechas, se regeneran las ciudades y comienza una época de opulencia.
Surgen las Universidades y la producción de libros en masa. Francia destaca en la producción de libro de arte y, como en las otras actividades artísticas, impera el estilo gótico. Los libros más lujosos son los Libros de Horas, con las oraciones de reyes y alta nobleza. Son, naturalmente, ilustrados y de pequeño tamaño.
En España desaparecen los elementos orientales y, con Alfonso X, se impone el estilo gótico.
Entre los siglos XV-XVI, la creación de la imprenta rompe todos los esquemas. Las ilustraciones se graban en madera, se entintan y se positivizan en papel, al igual que el texto. El mundo librero se diversifica y se distinguen ya el impresor, el editor o el comerciante.
En un primer momento, los Reyes Católicos apoyan la producción de libros y liberan de cargas e impuestos. Con la llegada del papa León X, y la Inquisición, se impone la censura real y la censura inquisitorial.
La ilustración de libros sale de los monasterios y pasa a las Universidades.
En España, la traducción de la ciencia árabe por la escuela de Traductores de Toledo, es todo un acontecimiento; sobre todo en una ciudad donde vivían en paz y armonía miembros de las tres religiones, musulmanes, judíos y cristianos.
Aparece la típica decoración renacentista europea con motivos florales, orlas y amorcillos, pero en España sigue viva la decoración mudéjar.
El perfeccionamiento de la técnica convierte la ilustración de libros en un arte, y termina por separarse de ellos, surgiendo la figura del artista grabador en serie, abaratando los costes y vendiendo más producción.
El siglo XVII fue muy malo en productos bibliográficos ante la brillantez del siglo precedente. Las causas hay que buscarlas en la grave crisis económica acarreada por las guerras de religión. Decaen las ediciones a pesar del esplendor de la literatura de Cervantes, Lope, Calderón y Quevedo en España. Un lamentable estilo barroco domina en la ornamentación del libro. Sin embargo, aparece un mercado para folletos y panfletos informativos como las primeras publicaciones periódicas, o las primeras revistas científicas, pues se produjo la gran revolución científica europea con figuras como Kepler, Galileo, Bacon o Harvey.
El siglo XVIII, el Siglo de las Luces, es uno de los momentos más brillantes de la historia del libro. Se aportó poco en ideas literarias, pero las que hubo fueron publicadas con excelente calidad. Se utilizó el mejor papel, la mejor letra y cuidadas encuadernaciones.
Estamos en la época dorada del libro. El pesado estilo barroco cede su sitio al estilo rococó que se convirtió en el heredero brillante y ligero, alegre y elegante que congeniaba con las formas y el estilo de vida que caracterizaba a las clases superiores del XVIII frente a lo pesado y pomposo del siglo anterior. Las portadas eran más ligeras, el papel de los libros era más liso, blanco y de mejor calidad, y las letras más diáfanas y claras.
S. XIX: Se inicia este periodo con grandes cambios sociales que inciden en el mundo del libro: el comienzo de la desaparición del Antiguo Régimen, con las revoluciones americana y francesa, el surgimiento de la sociedad industrial y de la ideología liberal y la triple expansión de la riqueza, de la población y de la enseñanza.
El contenido del libro cambia radicalmente. La escritura ya no es mera conservación del pensamiento sino que pasa a ser el instrumento de difusión de la información reciente ante el rápido desarrollo de la ciencia.
La política fue otra de las obsesiones del hombre decimonónico, con constantes luchas entre conservadores y liberales que hicieron correr ríos de tintas en la prensa principalmente.
No podemos olvidar
Los Desastres de la Guerra . Goya es uno de los más prolíferos ilustradores y grabadores del siglo. Constituyen la serie más dramática y terrible de los grabados de Goya. Consta de 82 estampas que fueron realizadas por el maestro hacia 1810, aunque se introdujeron las últimas escenas hacia 1815. Temeroso de una persecución política por la dureza de los grabados, las guardó a buen recaudo y fue en 1863 cuando fueron publicadas por primera vez. La serie supone una brutal crítica a la sinrazón de un conflicto armado, sin tomar partido ni por "los buenos" ni por "los malos". Cuatro fueron las series de grabados realizadas por Goya: los Caprichos, los Desastres de la Guerra, la Tauromaquia y los Disparates.
La prensa fue ganando lectores al libro hasta ocupar un primer puesto en la circulación de la información impresa. También apareció una literatura de aventuras, misterio, intriga y sentimental, canalizadas a través de los periódicos o novelas por entrega.
En España, importado de Francia, tuvo mucho éxito el folletín o novela por entregas, entre cuyos notables cultivadores estaban los granadinos Manuel Fernández y González y Ramón Ortega y Frías. Muchas veces eran editadas en los propios periódicos, como La Iberia, El Heraldo y La Correspondencia, madrileños, o el Diario de Barcelona.
En la segunda mitad del siglo los editores catalanes consiguen acercarse a los madrileños. En 1860 se estableció como editor José Espasa, que asociado a su cuñado Manuel Salvat consiguieron hacer una gran editorial a base de obras monumentales y de medicina. Separados en 1897, sus negocios han pasado a ser, en manos de sus herederos, de los más importantes en la España del XX.
En Madrid la editorial más importante en el último tercio del siglo fue la de Saturnino Calleja, popular por sus colecciones de cuentos infantiles.
Se transforma, por consiguiente, la comercialización del libro. Cualquiera podía abrir una librería o financiar la edición de obras ajenas. Se destacó también la figura del editor sobre la del impresor.
Dos leyes afectaron a la difusión del pensamiento escrito: la Ley de Propiedad Intelectual, de 1879, y la Ley de imprenta, de 1883.
S. XX:
La mecanización en todos los procesos de fabricación han abaratado los costes y el producto. También ha habido un aumento desorbitante del número de títulos publicados y del de ejemplares de las tiradas, y han aparecido nuevas formas de comercialización buscando llegar a los cada vez más numerosos lectores. Además, han surgido nuevos soportes de la información, junto a los impresos, que gozan de gran popularidad como son los medios audiovisuales, elementos reprográficos tales como la microfotografía y la fotocopia -que está teniendo efectos perniciosos en la edición de los libros al ser más barata- y los ordenadores o computadoras.
La industria editorial española ha adquirido un fuerte desarrollo a lo largo del siglo XX. Esto ha sido debido a la iniciativa de editores emprendedores y a una correcta política del libro.