Últimamente Dios, (mi forma personal de creer en Dios), se está esforzando por devolverme la confianza en el ser humano, en no dejarme abandonar mis sueños, y es más, en cruzar en mi camino a personas excepcionales, con ideales, que además se proponen llevarlos a cabo, cueste lo que cueste…es decir: unos locos optimistas.
Pues bien, además de mi reflejo en el espejo, he conocido a otras personas que mantienen vivo el espíritu que llevó a Colón a convencer a los Reyes Católicos que existía una nueva ruta a “las Indias” en 1492;
a Copérnico a pensar, por ello, que la tierra era redonda y que giraba alrededor del sol (año 1543).
El mismo espíritu que llevó a un grupo de hombres a luchar por la igualdad, la fraternidad, y la libertad en la Francia de 1789.
Y lo más increíble: que un grupo de mujeres en 1911 se encerrasen en la fábrica Triangle de Nueva York, y murieran abrasadas en Marzo de ese año, reclamando que a nosotras se nos concediesen los mismos derechos que a los hombres. (Aunque sucedió el 25 de Marzo, durante décadas se pensó en que fue el día 8, de ahí el día de la Mujer Trabajadora)
De acuerdo, pues aunque no nos demos cuenta, estamos rodeados de esas personas, y yo tengo el placer de conocer a algunas.
En próximas entradas a este bloc os iré presentando el virtuosismo del color de Isys Kad; el entusiasmo que lleva a la creatividad y el idealismo de Bambuzen; y el poder de superación que convierte a gente normal en personas excepcionales.
Hasta entonces, recuperamos la Historia de los Museos, que he recibido correos pidiendo más:
Para mí, el origen del museo se haya en el afán del ser humano de decorar, recopilar, guardar y atesorar riquezas, lo que llevó al hombre prehistórico a pintar sus cuevas y esculpir pequeñas figuras. Según se formaban y crecían las civilizaciones (Babilonia, Mesopotamia, Asiria, Egea, Egipto…), así lo hacían sus objetos de culto y ofrendas. Las guardaban en sus templos y, de vez en cuando, se exhibían en público para que pudieran ser contempladas y admiradas.
Lo mismo ocurría con los objetos valiosos y obras de arte que coleccionaban algunas personas de la aristocracia en la Grecia Clásica y durante el Imperio Romano; los tenían expuestos en sus casas, en sus jardines y los enseñaban con gran orgullo a los amigos y visitantes.
Habíamos hablado que en los inicios, etimológicamente, museo provenía del griego mouseion y que era un templo dónde se reunían las nueve musas hijas de Zeus y de la diosa de la memoria Mnemosina.
Más tarde, en la época de la dinastía egipcia Ptolemaica, (La Dinastía Ptolemaica es aquella que gobernó en Egipto desde el 305 a.C. hasta el año 30a.C, en que se convirtió en provincia romana, bajo el reinado de Cleopatra), pues bien, PtolomeoI Sóter (1º faraón) mandó construir en Alenjadría un edificio al que llamó Museo.
Éste edificio se creó para ayudar al mantenimiento de la civilización griega en el seno de la muy conservadora civilización egipcia que rodeaba a la ciudad alejandrina. Estaba dedicado al desarrollo de todas las ciencias y servía además para las tertulias de los literatos y sabios que vivían allí, bajo el patrocinio del Estado.
En aquel museo se fue formando poco a poco una importante biblioteca. La Gran Biblioteca de Alejandría, cuya destrucción es uno de los grandes misterios de la civilización occidental. Se carece de testimonios precisos sobre sus aspectos más esenciales, y no se han encontrado las ruinas del Museo.
La biblioteca del Museo constaba de diez estancias dedicadas a la investigación, cada una de ellas dedicada a una disciplina diferente. Un gran número de poetas y filósofos, que llegaron a ser más de cien en sus mejores años, se ocupaban de su mantenimiento, con una dedicación total. En realidad se consideraba el edificio del Museo como un verdadero templo dedicado al saber.
Mucho han cambiado las cosas desde entonces, evidentemente, y si seguís conmigo, intentaré mostraros cómo hemos legado hasta aquí.
jueves 2 de abril de 2009
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